miércoles, 12 de marzo de 2014

So(n/ñ)ar.

Hoy te has despertado,
cuando la luna aún estaba cayendo,
huyendo de la luz,
del sol.
Creyéndote un interludio
entre astros,
como si el firmamento
fuera solo por por un momento
quien te dibuja,
quien te fotografía,
quien te ilumina.
Y no tú a él.
Has cogido tu taza de café
y has hundido tus manos
en su cerámica con dibujos
que no para de quemar.
Y tú soplas.
Y cambias todo de dirección,
intentando congelar su contenido.
Pero lo haces con todo lo demás.
Has podido resistirte 
a mirar por la ventana
y te has vestido como
de verdad querías,
sin importar de qué 
humor se hubiera despertado
hoy el sol.
Así que cuando tu reflejo
te mira, te sonríe, te modela 
en esa devolución de luces,
no le paras de reír todos los gestos.
Hasta cuando te pone
cara de seria.
Así que hoy sales sin planes,
a ver Madrid,
que hoy se retuerce en la cama
como alguien que ayer salió
de fiesta y hoy no puede ni mirar.
Así que sales a despertarla,
y caminas sin mirar al suelo,
como si pasaras por aquella 
calle todos los días,
porque la vida
son dos canciones,
una película,
un amor de verano,
una decepción de otoño
un esperar la primavera,
un desesperar el invierno.
Porque no mirar atrás 
no significa que tu pasado
sea tu futuro,
significa que hiciste lo que 
hiciste por cualquier razón,
que el amor mueve al mundo,
y que el mundo mueve al amor.
Que sonar y soñar 
sólo se diferencian por un símbolo,
y entonces una canción
no tiene que ser tan distinta
a una persona.
¿Ves?
Por eso cuando le has dado
al play, a tu canción favorita,
te has acordado de mí.

¿Te suena?
¿Me sueñas?

jueves, 6 de marzo de 2014

Estoy hecha a estar sin ti

Mierda. Otra vez. ¿Es que no piensas irte? Ah, que no eres tú; son las noches, que me recuerdan a ti y a cómo aparecías sin avisar a horas que no debías para decirme cualquier palabra que me hiciera sonreír. Y ahora que no estás sigo despierta esperando un yo-qué-sé-qué. Quizás espero que aparezcas y me expliques por qué te fuiste, que me digas que no soportabas la idea de estar en el mismo mundo que yo y en cambio, no estar conmigo. Que me susurres una y otra vez todas esas frases que no nos hemos dicho. Que recuperes el tiempo perdido recordándome que me quieres, como hiciste aquella vez. Pero por más que espero no llegas y me debato entre la vida, quererte o la muerte que es no estar sin ti; así voy rellenando mis noches entre la embriaguez de alcoholes, humos grises de cigarros, o incluso me desnudo delante de personas que no saben apreciarlo. Perdóname, quizás me odies por escribir esto; quizás insistas cada día en olvidarme -y lo consigas- mientras yo no hago más que retorcer todas las espinas con mi nombre que dejé incrustadas en tu piel. Supongo que, igual que a mi, te habrán recomendado que sigas con tu vida. Yo lo he intentado, lo juro y pongo a mi alma por testigo, pero justo cuando estoy a punto de no pensar en ti, vas tú y surges de nuevo en cualquier lugar o por cualquier motivo. No sé quién o qué tiene la culpa; no sé en qué momento dejaste de ser un pasatiempo para quedarte y no marcharte por mucho que el tiempo pase. En fin, espero que no te importe que te escriba, puesto que confío en que ya ni siquiera me leas.

Como siempre, espero que me regales lo único que te pedí: Sé feliz.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Y, al final, todos rotos.

Se sienta. Le tiemblan las piernas, las manos y, quizás, también el alma. Le tiembla el mundo. Coge folios, coge un bolígrafo e intenta empezar a escribir:

—Papá, mamá...

Tira el papel. Intenta de nuevo.

—He intentado hacer todo lo posible...

Tampoco es una buena forma de empezar. Y, entonces, empieza a llorar. E intenta impedirlo mirando hacia arriba y mordiéndose el labio inferior, como en todas las situaciones difíciles que ha tenido en su vida. Después, se enjuaga las lágrimas con la manga de la camiseta y escribe. Escribe algo concreto, directo, pero sincero:

—Lo siento.

Sí. Definitivamente le gusta. Es una buena forma de empezar y de terminar una carta de suicidio. Después, ahí está, su vida colgando del bote de pastillas que tiene enfrente. Su vida dependiendo de ella misma. Ella tiene el manejo de acabar con su vida o de que siga. Pero no le gusta cómo sigue. Es un ahora o nunca. Un todo o nada. Es un 'o gana ella o ganan ellos'.

¿Y al final quién gana la partida?

¿Ella? ¿Esa que tiene marcadas las muñecas de putadas? ¿Esa que llora hasta dormirse del cansancio cada noche? ¿Esa que mira de reojo a la vida por habérsela jugado tantas veces?

¿Quién gana la partida?

¿Ellos? ¿Todos esos hijos de puta que han intentado hundirle tantas veces hasta verla en el suelo? ¿Todos esos que no le han dejado nunca encajar en una sociedad podrida?

Ella ha dado tanto por perdido que ha perdido hasta la sonrisa, que ha perdido la partida. Ella, que ha perdido la vida.

Después, todos rotos. Una familia desmembrada, unos amigos que no aguantan el no ver a aquella chica que sonreía de vez en cuando. Una habitación vacía en la que una madre hundida no puede ni entrar. No queda nada. Ya se ha ido para siempre.

Y quién diría. A lo mejor habría llegado lejos. A lo mejor habría sido una mujer a la que admirar. A lo mejor no se había fijado en que el chico de al lado le había sonreído aquella tarde. A lo mejor no se había fijado en que su madre solo quería protegerla y no joderle la vida. A lo mejor no se había fijado en todos esos pequeños detalles que le dan sentido a la vida. A lo mejor ella misma había sido caos, su propia autodestrucción. A lo mejor no había sabido ver esa pequeña luz en toda esa inmensa oscuridad.

¿Qué haces bailando si el mundo está tocando su marcha fúnebre?

Voy a seguir bailando hasta que el mundo deje de sonar.
No voy a dejar de cantar en la ducha a las seis de la mañana solo porque perturbe las pesadillas del vecino.
No voy a dejar de saltar al andar solo porque los demás me miren raro.
Prefiero tener negros los pulmones de fumar que tener el cerebro podrido de las mentiras que cuentan en las noticias.
Prefiero soñar con imposibles a vivir de puntillas y que nadie se dé cuenta de que he pasado por su lado.
Aún me quedan muchos ''mejores momentos'' que vivir y muchas costillas que seguir destrozando por las hostias.
Me va a seguir gustando la poesía clara y sin palabrerías (el amor jode y nos hace más fuertes si no nos mata).
Y voy a seguir creyendo en el amor como punto fuerte y punto flaco del mundo.
Mis estados de ánimo van a seguir siendo una función de ondas que alcanza su máximo y su mínimo en infinitos períodos.
Voy a seguir escribiendo(te).
Y voy a seguir sonriendo con cada locura que haga un viernes por la tarde jodiéndole los planes al hijo de puta de mi destino.
Voy a seguir quemándome los labios con las últimas caladas de mis cigarrillos y con ''palabras'' que me quedé con ganas de decir.
Voy a seguir creyendo que algún día me crucé con el amor de mi vida y no me di cuenta de que ya había apartado la mirada cuando yo le miré.
Voy a seguir creyendo en que las tardes de domingo son tan largas como las mañanas de los lunes, y que las películas de por la tarde no hay quien se las trague sin buena compañía.
Voy a seguir creyendo en que el alcohol sirve tanto para las heridas de fuera como las de dentro. ¡Y qué bien me sienta emborracharme!
Voy a seguir creyendo en mí. Y en ti. Bueno, alguna que otra vez dudaré.

lunes, 3 de marzo de 2014

De mis idas, tus venidas.

De las veces que cruzo la calle siete veces para encontrarme contigo, y me juro que esta vez no, que no me daré la vuelta. De las veces que me temo lo peor, y de las que prefiero no temer a nada. Tiras de mí, sueltas el lazo que sujeta mi falda y es como la pesadilla de cualquier niño; que te bajen los pantalones y que no sea para follarte el alma. Te escucho a escondidas, y a escondidas me escuchas suplicar una última vez. Bajarme del tren, no entra en mis planes, pero todos sabemos que algún día tendré que hacerlo. De las veces que cruzo la calle sin mirar, y me juro que no, que esta vez no abriré los ojos.

Pero, inexplicablemente soy así y sin remedios para intentarlo, porque tampoco quiero; aunque tú me lo pidas. Aunque sea lo último que quieres, y eso último no fuera yo. No lo haría. Porque, no entiendes que prefiero no ser nada, que no sepan mi nombre, prefiero cruzar la calle y girarme, sin saber que eres tú. Prefiero que no me llames, una noche y ya está. Quedarme cuando lo necesite, e irme sin avisar;
porque tú
a mí
no me necesitas.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Tercera calada.

El ruido de sus pasos sonó a la vez que el mechero, que sostenía con una mano y resguardaba con la otra, por una vez le gustaría que algo en su vida no se apagase por el frío. Y pensar que su llama se había consumido hace mucho tiempo, y nadie la había resguardado, qué ironía.
Era morena, con las mismas ondulaciones en el pelo que en su vida. Su tez era tan oscura como el fuego que ella solía desear.
Estaba sola en aquel gran lugar. Le dio una calada y soltó el aire con placer. Bien sabía ya ella que su vacío no podría llenarlo aquel humo.
Más de una vez le repitieron que se estaba matando, y ella sólo sabía pensar que quizás es lo que realmente quería. Otra calada, los problemas cada vez son más pequeños. La soledad y la locura se apoderaban de ella. Llevaba un vestido amarillo, y una gigante chaqueta de cuero negra que le devolvía el frío que él le provocó.
Cada día que pasaba, el otoño se enfriaba y se acercaba su queridísimo invierno.
Se acercó a un columpio que no sabía ni cómo, estaba justo a sobre sus pies. No recordaba cómo había llegado hasta allí, pero tampoco tenía intención de aprender cómo iba a volver. ¿A caso iba a hacerlo? Se sentó y con dos suaves patadas al suelo, el columpio empezó a moverse poco a poco, y ella, tan sólo pendiente de que el cigarrillo que sujetaba con desesperación no se cayese, esbozó una sonrisa. Cuanto más alto se columpiaba, más sentía el frío en las piernas, y en el dolor. Pero le gustaba sentirse libre, es una sensación que poca gente podía experimentar en un mundo como ése.
Pero llegó un punto, justo cuando alcanzó su máxima altura, su máxima libertad, que se dio cuenta de que era esclava de ella misma.
Se cayó del columpio y se empezó a reír.
Cogió otro cigarro, y esta vez el viento le dio una tregua permitiendo por una vez que algo en su vida no se apagase, y echó a llorar. Primera calada, echó el humo con rabia. Segunda calada, ¿dónde estaba su locura? Ya debería haber aparecido. Tercera calada, esta vez los problemas no se iban. Tendrá que enfrentarse a ellos. “¿Sola?·” Pensó mientras sacaba otro cigarro.
¿Y qué le quedaba? Tan sólo aquellos malditos cigarros que la alejaban de la vida y la fría y negra chaqueta de cuero que él se dejó aquel día en su casa.

Si supieras.

Tal vez llegue el día en el que me canse de esperar, coja un tren y vaya a buscarte.
En el trayecto me arrepentiré una y mil veces, me llamaré loca, me daré cuenta de que estoy fundiendo mis ahorros por una idea kamikaze. Pero desbloquearé el móvil y veré tu cara en mi fondo de pantalla. Joder. Lo daría todo por ti. Lo estaré dando todo por ti.
Entonces bajaré del tren e iré directa hacia ti. A veces iré corriendo. A veces iré andando. A veces me pararé en seco. Pero saber que estoy cerca me hará avanzar.
Me encontraré a muchas personas importantes con las que hablaré unos minutos sin darme cuenta de lo que hablamos. Y continuaré mi camino.
Tarde o temprano llegaré.
Estarás de espaldas.
Te reconoceré.
Diré tu nombre.
Me reconocerás.
Nos miraremos.
Frente a frente.
Los centímetros parecerán hectáreas.
Se me llenarán los ojos de lágrimas.
Sonreirás.
Tus colmillos.
Oh, joder.
Empezaré a correr.
Abrirás los brazos.
Cada vez menos espacio.
Ya estoy llegando.
Falta poco.
Te rozo.
Te toco.
Te abrazo.
Me abrazas.
Te estrecho.
Me estrechas.
No puedo respirar.
Me da igual.
Me sacas las lágrimas.
Estoy en casa.